Hoy se conoció una noticia que para asiduos
observadores de Venezuela no cayó como ninguna sorpresa: la mal-llamada y
amañada “Asamblea Nacional Constituyente” le dio el tiro de gracia a la
democracia venezolana que el Tribunal Supremo no había podido dar en marzo, y
disolvió sin más a la Asamblea Nacional – último órgano elegido por voto
universal y directo y con mayoría opositora desde diciembre de 2015 – para así
tirar abajo al último contrapoder que aún existía en el país. Con este acto, el
hecho está consumado: Venezuela se gradúa de democracia frágil y plebiscitaria
a dictadura plena y sin reparos.
Los
buen intencionados promotores de la falsa equivalencia entre un régimen que ha
utilizado todos los recursos a su disposición para minar definitivamente los
derechos y las garantías constitucionales de los venezolanos, incluyendo la balacera
en la vía pública, y una oposición que intenta desesperadamente encontrarle una
vía democrática para resolver la profunda crisis humanitaria, económica, social
y política que atraviesa el país, deberían tomarse un momento para festejar su
cometido: tanto han hablado de los horrores de la oposición, que se dejaron engatusar
por un gobierno que no escondía sus pretensiones totalitarias y sus anhelos autoritarios.
Hoy tienen su premio: la oposición pierde su mayoría parlamentaria, y aunque
seguramente los compañeros super-progres hubieran preferido que lo pierdan por
los votos se tendrán que conformar con que lo pierdan por la fuerza.
A
esta altura de la partida nadie se puede hacer el distraído o el sorprendido:
las represiones sangrientas llevan más de 4 años contra manifestaciones cada
vez más masivas; los golpes bajos a las instituciones, sobre todo aquellas
manejadas circunstancialmente por la oposición, datan del último periodo de Chávez;
y en particular la escalada contra la Asamblea Nacional comenzó el día después
del holgado triunfo opositor (con las maniobras “exprés” del chavismo por dejar
sin competencias a la nueva mayoría en el breve periodo entre la elección y la
asunción), contó desde un principio con el deseo de crear una estructura
paralela alejada del voto directo, y llegó al nivel grotesco el año pasado
cuando el gobierno unilateralmente impuso trabas a, por un lado, el proceso de
revocatoria de mandato que establecía la misma constitución bolivariana (es
hora de acostumbrarse al tenso pasado cuando hablamos de constitución venezolana)
y, por el otro, a las elecciones regionales que debían suceder para octubre de
2016 pero siguen sin convocatoria aún (aunque bien que los comentaristas “ecuánimes”
de Venezuela se encargaron de celebrar la promesa de su convocatoria para más
adelante este año como una muestra de apertura democrática por parte del
chavismo!).
La
encerrona en la que se mete el pueblo venezolano no parece tener salida, y no
queda otra que solidarizarse con ellos: un régimen que hace años ya se ha
quedado sin respuestas ni soluciones barrió del camino el último vestigio de
freno institucional a sus pretensiones hegemónicos. La comunidad
internacional en cambio solo tiene una respuesta posible: denuncia y repudio.
Es inadmisible que en pleno siglo XXI se tolere la consumación de una nueva
dictadura en suelo latinoamericano, y se vuelve dantesco el espectáculo al ver los
mismos que denuncian a un gobierno democrático en Argentina erizarse de pelo en
defensa de un régimen que no esconde su desprecio por la democracia y avanza en
las mismas tácticas del fujimorazo. El progresismo y la izquierda no pueden
avalar dictaduras, y el que avala dictaduras no puede considerarse progresista
o de izquierda.
Debemos
aprender de nuestros errores: la apología por las distintas dictaduras no ha logrado
otra cosa que minar la credibilidad del discurso progresista, al dejar al
desnudo que el apego por algunos de los principios básicos de la democracia
consagrados en la Declaración Universal del Ciudadano está más relacionado a
una necesidad electoral que una convicción ideológica. Y si la izquierda
pretende distanciarse de su historia como promotora y defensora de las
libertades, sobre todo contra los avances de estados y regímenes totalitarios, deberá
aceptar el repudio que tal decisión se merece. Ya no existe tal cosa como “chavismo
light”, el mismo PSUV se ha encargado de dejar en claro que el que no es
militante y convencido no tiene lugar en la vida pública y política de su país,
y es imposible a esta altura creer que se puede apoyar semejante postura desde
las mejores intenciones y sin perjuicio al compromiso con el libre juego
democrático.
Los
defensores a ultranza extranjeros del chavismo quedarán en la historia como lo
que en realidad son: soberbios incapaces o sin ganas de reconocer el régimen
que apoyan por lo que es. Y me ahorro en este punto los juicios de valor que
creo se merece la dictadura chavista; los mismos chavistas reconocen que
desprecian al juego democrático regido por leyes republicanas, reconocen que no
admiten ningún límite a su poder, confiesan que no creen legítima la oposición
a su gobierno. Todos y cada uno de esos principios los deja irremediablemente del
lado opuesto a la democracia liberal – sistema al cuál tienen todo el derecho a
oponerse, pero no de esconder esa oposición – y dejan en claro que está el
partido primero y el país después (ni segundo, simplemente después).
El
repudio a esta última maniobra debe ser unánime, pero descarto de lleno que no
lo va a ser. Y espero equivocarme, pero ya me anticipo que los exponentes
recientes de “chavismo para exportación” van a mantenerse al margen de
cualquier repudio, apelando nuevamente al delirio conspirativo preferido del
PSUV de una inminente intervención para seguir justificando la subyugación de
un país entero a un partido único. Y me atrevo incluso a admitir con pesar que
serán numerosas las organizaciones políticas juveniles que tratarán con guantes
de seda al régimen, ante un temor incomprensible e inverosímil de quedar “pegados”
a una oposición mal-caracterizada como “de derecha” (porque el idiota útil no
es el que cree todo, sino el que cree lo suficiente para analizar mal), y
llamarán nuevamente a que “ambos lados” busquen una solución democrática. Bueno
compañeros, queda más claro que nunca: un solo lado le cierra las puertas a la
democracia, y hoy lo hicieron de la manera más literal posible clausurando el
poder legislativo de una república. Ojalá lo sepan llamar por su nombre:
dictadura.
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