Friday, August 18, 2017

La dictadura Madura


                Hoy se conoció una noticia que para asiduos observadores de Venezuela no cayó como ninguna sorpresa: la mal-llamada y amañada “Asamblea Nacional Constituyente” le dio el tiro de gracia a la democracia venezolana que el Tribunal Supremo no había podido dar en marzo, y disolvió sin más a la Asamblea Nacional – último órgano elegido por voto universal y directo y con mayoría opositora desde diciembre de 2015 – para así tirar abajo al último contrapoder que aún existía en el país. Con este acto, el hecho está consumado: Venezuela se gradúa de democracia frágil y plebiscitaria a dictadura plena y sin reparos. 

                Los buen intencionados promotores de la falsa equivalencia entre un régimen que ha utilizado todos los recursos a su disposición para minar definitivamente los derechos y las garantías constitucionales de los venezolanos, incluyendo la balacera en la vía pública, y una oposición que intenta desesperadamente encontrarle una vía democrática para resolver la profunda crisis humanitaria, económica, social y política que atraviesa el país, deberían tomarse un momento para festejar su cometido: tanto han hablado de los horrores de la oposición, que se dejaron engatusar por un gobierno que no escondía sus pretensiones totalitarias y sus anhelos autoritarios. Hoy tienen su premio: la oposición pierde su mayoría parlamentaria, y aunque seguramente los compañeros super-progres hubieran preferido que lo pierdan por los votos se tendrán que conformar con que lo pierdan por la fuerza.

                A esta altura de la partida nadie se puede hacer el distraído o el sorprendido: las represiones sangrientas llevan más de 4 años contra manifestaciones cada vez más masivas; los golpes bajos a las instituciones, sobre todo aquellas manejadas circunstancialmente por la oposición, datan del último periodo de Chávez; y en particular la escalada contra la Asamblea Nacional comenzó el día después del holgado triunfo opositor (con las maniobras “exprés” del chavismo por dejar sin competencias a la nueva mayoría en el breve periodo entre la elección y la asunción), contó desde un principio con el deseo de crear una estructura paralela alejada del voto directo, y llegó al nivel grotesco el año pasado cuando el gobierno unilateralmente impuso trabas a, por un lado, el proceso de revocatoria de mandato que establecía la misma constitución bolivariana (es hora de acostumbrarse al tenso pasado cuando hablamos de constitución venezolana) y, por el otro, a las elecciones regionales que debían suceder para octubre de 2016 pero siguen sin convocatoria aún (aunque bien que los comentaristas “ecuánimes” de Venezuela se encargaron de celebrar la promesa de su convocatoria para más adelante este año como una muestra de apertura democrática por parte del chavismo!).

                La encerrona en la que se mete el pueblo venezolano no parece tener salida, y no queda otra que solidarizarse con ellos: un régimen que hace años ya se ha quedado sin respuestas ni soluciones barrió del camino el último vestigio de freno institucional a sus pretensiones hegemónicos. La comunidad internacional en cambio solo tiene una respuesta posible: denuncia y repudio. Es inadmisible que en pleno siglo XXI se tolere la consumación de una nueva dictadura en suelo latinoamericano, y se vuelve dantesco el espectáculo al ver los mismos que denuncian a un gobierno democrático en Argentina erizarse de pelo en defensa de un régimen que no esconde su desprecio por la democracia y avanza en las mismas tácticas del fujimorazo. El progresismo y la izquierda no pueden avalar dictaduras, y el que avala dictaduras no puede considerarse progresista o de izquierda.

                Debemos aprender de nuestros errores: la apología por las distintas dictaduras no ha logrado otra cosa que minar la credibilidad del discurso progresista, al dejar al desnudo que el apego por algunos de los principios básicos de la democracia consagrados en la Declaración Universal del Ciudadano está más relacionado a una necesidad electoral que una convicción ideológica. Y si la izquierda pretende distanciarse de su historia como promotora y defensora de las libertades, sobre todo contra los avances de estados y regímenes totalitarios, deberá aceptar el repudio que tal decisión se merece. Ya no existe tal cosa como “chavismo light”, el mismo PSUV se ha encargado de dejar en claro que el que no es militante y convencido no tiene lugar en la vida pública y política de su país, y es imposible a esta altura creer que se puede apoyar semejante postura desde las mejores intenciones y sin perjuicio al compromiso con el libre juego democrático. 

                Los defensores a ultranza extranjeros del chavismo quedarán en la historia como lo que en realidad son: soberbios incapaces o sin ganas de reconocer el régimen que apoyan por lo que es. Y me ahorro en este punto los juicios de valor que creo se merece la dictadura chavista; los mismos chavistas reconocen que desprecian al juego democrático regido por leyes republicanas, reconocen que no admiten ningún límite a su poder, confiesan que no creen legítima la oposición a su gobierno. Todos y cada uno de esos principios los deja irremediablemente del lado opuesto a la democracia liberal – sistema al cuál tienen todo el derecho a oponerse, pero no de esconder esa oposición – y dejan en claro que está el partido primero y el país después (ni segundo, simplemente después). 

                El repudio a esta última maniobra debe ser unánime, pero descarto de lleno que no lo va a ser. Y espero equivocarme, pero ya me anticipo que los exponentes recientes de “chavismo para exportación” van a mantenerse al margen de cualquier repudio, apelando nuevamente al delirio conspirativo preferido del PSUV de una inminente intervención para seguir justificando la subyugación de un país entero a un partido único. Y me atrevo incluso a admitir con pesar que serán numerosas las organizaciones políticas juveniles que tratarán con guantes de seda al régimen, ante un temor incomprensible e inverosímil de quedar “pegados” a una oposición mal-caracterizada como “de derecha” (porque el idiota útil no es el que cree todo, sino el que cree lo suficiente para analizar mal), y llamarán nuevamente a que “ambos lados” busquen una solución democrática. Bueno compañeros, queda más claro que nunca: un solo lado le cierra las puertas a la democracia, y hoy lo hicieron de la manera más literal posible clausurando el poder legislativo de una república. Ojalá lo sepan llamar por su nombre: dictadura.